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Cualquier
ruta fuera de las ciudades en un país desarrollado conduce a verificar
que en el paisaje hoy la presencia humana resulta imposible de escamotear.
Canteras, fábricas, conducciones y urbanizaciones entretejen una
red, donde lo natural pasa de ser escenario a convertirse en un mero elemento
más de la representación del paisaje.
Desde hace unos años, José María Mellado se ha embarcado
en un amplio proyecto fotográfico sobre esa huella humana en el
paisaje, usando las tecnologías digitales no para construir ficciones
(métodos de collage habitualmente usados por otros artistas digitales)
sino para acentuar, puntuándo de manera oportuna con ajustes de
color y otras técnicas, las consecuencias de la acción del
hombre. Viaja por esos territorios anónimos y apersonales que cubren
los intersticios entre nuestras ciudades, deteniéndose en lugares
donde colisionan lo rural y lo industrial. Allí los recoge con
foco extremo y una iluminación que enfatiza sus presencias, dotando
a las fábricas, naves y otras construcciones de una cierta "hiper-realidad".
La perspectiva exagerada, el foco extremo, la dramatización de
la luz enfatizan el fuerte carácter temporal. Con una precisión
digna del bisturí diseccionador de un cirujano, logra condensar
una sección extremadamente pequeña de la continua y creciente
presencia humana en el entorno. También el modo que usa el color
sugiere un claro mensaje. Dominan los tonos fríos, los grises acerados,
que son contrastados con verdes y ocres muy saturados, casi fluorescentes.
El escenario resulta desolador, con una evidente escasez de color, extremo
que se subraya en aquellas imágenes con cielos de tempestad o tierras
con aspecto de estar cubiertas de cenizas. Por otra parte, los escasos
resquicios de vida, descritos con intensos colores, parecen indicar la
posibilidad de controlar el color de nuestros campos por mutaciones realizadas
a través de experimentos genéticos. Todo apunta a una catástrofe
que ha ocurrido o está a punto de ocurrir.
En Caspar David Friedrich y otros artistas del movimiento romántico
hay un interés primordial por acercar al espectador a la percepción
del poder inabarcable de la Naturaleza. Lo Sublime es sinónimo
del miedo ante la magnitud de la Naturaleza, que se relativiza mediante
la sublimación de la mirada. A principios del siglo XXI, Ciencia,
Política y Economía intentan convencernos del grado de control
alcanzado por el Hombre sobre la Naturaleza. El miedo a lo incontrolable
de la Naturaleza se ha sustituido por el ojo del satélite que todo
lo explora y controla a distancia, en una actitud irresponsable que las
catástrofes naturales se encargan de recordar de tiempo en tiempo.
En este paisaje de países desarrollados roturado por la acción
del hombre, implícitamente artificial, sin resquicio donde entrever
aquel "paisaje primigenio", Mellado sabe que no es momento para
idealizaciones al estilo de Ansel Adams o Paul Caponigro. Por ello decide
presentar unas fotografías donde las huellas del hombre son evidentes
en toda la escena y los ligeros intersticios del paisaje en los que aparece
una supuesta "naturaleza" sólo apuntan a una manipulación
aún más sutil de esta. Actualmente se ha pasado de lo Sublime
como miedo a los poderes desconocidos de la Naturaleza al drama de reconocer
únicamente su fuerza imbatible en la sublimación de la catástrofe.
Mientras la Naturaleza se sacude la presencia humana, Mellado logra atrapar
esas pisadas que anuncian el desastre.
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